A los 10 años, arruinó su propio matrimonio concertado masticando berenjena cruda hasta dejarse los dientes completamente negros.
A los 6 años, la sujetaron en el suelo y la mutilaron.
A los 49 años, la metieron en prisión.
Y desde su celda, usando un lápiz de cejas sobre papel higiénico, escribió unas memorias que alimentarían un movimiento feminista que sacudiría al mundo árabe.
Su nombre era Nawal El Saadawi.
Nació el 27 de octubre de 1931 en el pequeño pueblo egipcio de Kafr Tahla, la segunda de nueve hermanos. En una cultura que a menudo veía a las niñas como una carga, su abuela decía en voz alta una verdad cruel: “Un niño vale al menos 15 niñas. Las niñas son una desgracia”.
Nawal lo escuchó. Nunca lo olvidó. Y pasó el resto de su vida negándose a aceptarlo.
Cuando tenía seis años, las mujeres de su familia la sujetaron en el suelo y le practicaron la mutilación genital femenina. El dolor fue insoportable, imborrable. Cargaría con ese recuerdo —y con la determinación de acabar con esa práctica— durante las décadas siguientes.
Pero incluso en aquel momento de violencia, algo dentro de aquella niña se negó a romperse.
A los diez años, su familia intentó casarla. Ya habían elegido marido. Los pretendientes iban a ir a verla.
Nawal tenía otros planes.
Se coló en la cocina, encontró una berenjena cruda y la mordió con fuerza, masticándola hasta que el jugo oscuro le tiñó los dientes de negro. Cuando llegó la familia del posible novio, les sonrió todo lo que pudo.
Bastó una mirada a sus dientes ennegrecidos para que se marcharan sin cerrar el trato.
El matrimonio infantil había sido saboteado. Nawal había ganado tiempo.
Y usó ese tiempo con ferocidad. Su padre —más progresista que muchos hombres de su época— creía que sus hijas merecían estudiar. Nawal leía todo lo que caía en sus manos. Escribió su primera novela a los trece años. Y decidió que sería médica.
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