Era 1942 y el barco navegaba a la deriva por el Mar Arábigo como un ataúd flotante. A bordo iban 740 niños polacos, supervivientes de los campos de trabajo soviéticos donde sus padres habían muerto de hambre o enfermedad.
Habían logrado escapar, pero les esperaba un castigo terrible. Nadie los aceptaba. El Imperio Británico, que controlaba los puertos de la región, les negó la entrada una y otra vez alegando que no eran su responsabilidad.
La noticia llegó al palacio de Jam Sahib Digvijaysinhji, el Maharajá de Nawanagar. Cuando fue informado de que los niños estaban atrapados en el mar sin destino, ordenó que el barco atracara en su puerto de Rosi.
Sus asesores le advirtieron que recibir a esos niños significaba desafiar directamente a los británicos, quienes controlaban el ejército y el comercio.
Tenía todas las razones políticas para permanecer en silencio, pero cuando supo que había cientos de huérfanos en peligro, pronunció una frase que pasaría a la historia.
"Los británicos pueden controlar mis puertos, pero no controlan mi conciencia. Esos niños desembarcarán aquí".
Desafiando la burocracia colonial, el Maharajá asumió la responsabilidad personal de los refugiados. No se limitó a darles asilo, sino que construyó un campamento especial en Balachadi, cerca de su palacio de verano. Cuando los niños desembarcaron, desnutridos y traumatizados, el gobernante los recibió diciendo:
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