Las examiné con más detenimiento y noté que varias estaban inclinadas en la misma dirección, exactamente como pequeñas espinas o astillas que se desprenden al rozar con las plantas. Tras compararlas con imágenes en internet, la respuesta fue obvia: eran espinas de plantas, probablemente de maleza seca o hierba puntiaguda por la que había caminado ese mismo día.
El alivio fue casi instantáneo. Lo que momentos antes había parecido el comienzo de una pesadilla se convirtió de repente en un problema sencillo y solucionable. Una a una, extraje con cuidado las pequeñas espinas con las pinzas. Algunas salieron fácilmente, mientras que otras requirieron paciencia y pulso firme. Después de desinfectar la piel irritada, observé cómo el enrojecimiento comenzaba a disminuir lentamente.
Al día siguiente, la hinchazón había desaparecido casi por completo. Sin embargo, el miedo persistió más que la irritación misma. Lo que más me impactó no fue la incomodidad, sino la rapidez con la que mi mente transformó una explicación inofensiva en algo aterrador.
A veces, el miedo crece más rápido que los hechos. Ante la falta de certeza, la imaginación se apresura a llenar los vacíos, a menudo con las peores historias posibles. Lo que creía que era algo que se arrastraba bajo mi piel resultó ser simplemente la naturaleza, afilada, obstinada y fácil de malinterpretar.
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