Le prohibieron hablarle durante tres años. En su vigésimo primer cumpleaños, le escribió una carta. Ella estaba comprometida con otro hombre. Sin embargo, él subió al tren… Historia completa en el primer comentario.

Durante tres años no se le permitió hablar con ella.

El día que cumplió 21 años, escribió una carta. Ella estaba comprometida con otro hombre.

Él tomó un tren de todos modos.

3 de enero de 1913. Cheltenham, Inglaterra.

J. R. R. Tolkien había pasado años en silencio. Su tutor, un sacerdote católico llamado padre Francis Morgan, le había prohibido todo contacto con Edith Bratt. Ella era protestante. Era tres años mayor. Y, a los ojos del sacerdote, una distracción peligrosa para los estudios de Tolkien en Oxford.

El padre Morgan había cuidado de Tolkien desde la muerte de su madre, cuando él tenía doce años. Había pagado su educación. Era lo más cercano a una familia que le quedaba. Así que Tolkien obedeció.

Dejó de verla. Dejó de escribirle. Lo detuvo todo.

Pero la noche en que cumplió veintiún años, justo cuando terminaba la prohibición, se sentó y escribió la carta que llevaba componiendo en su mente durante tres años.

Querida Edith:
Nunca he dejado de amarte. ¿Quieres casarte conmigo?

La envió.

Poco después, llegó la respuesta.

Ella pensaba que él la había olvidado. Estaba comprometida con otra persona.

Tolkien leyó esas palabras y no aceptó que aquella fuera la última página.

No escribió una larga explicación. No se quedó esperando.

Tomó un tren a Cheltenham, donde Edith vivía con amigos de la familia.

Ella lo recibió en el andén.

Pasaron el día caminando por el campo, hablando de todo lo que había ocurrido durante aquellos años de silencio impuesto. Al final de ese día, Edith tomó una decisión.

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