La seguí hasta que entró por las puertas de vidrio de un hospital público.
Me detuve en la entrada. El corazón me latía fuerte, mitad de la carrera, mitad de algo que todavía no entendía. La busqué con los ojos entre la gente y la encontré al fondo de un pasillo, frente a una puerta entreabierta.
Me acerqué despacio.
La vi entrar a la habitación. Me quedé en el umbral, invisible para ellas.
La mujer en la cama no tenía cabello. Estaba conectada a sueros, a monitores, a máquinas que hacían ruidos que yo conozco bien, los mismos ruidos que escuché durante meses antes de perder a mi madre. Tenía los ojos cerrados hasta que sintió la presencia de la nena.
—*Mamá* —dijo la pequeña, y le extendió el girasol como si fuera un trofeo olímpico—. *Te traje la flor más hermosa. Son especiales, ¿sabés? Si te la llevo todos los días, te curás. Es lo que dice la señora del jardín en mi libro.*
La mujer abrió los ojos. Sonrió de una manera que yo nunca voy a poder describir del todo bien.
—*Gracias, mi amor.*
Y la abrazó. Con los tubos, con el cansancio, con todo. La abrazó.
Ahí fue cuando no pude más.
Me apoyé en la pared del pasillo y lloré. Lloré como no lloré ni en el entierro de mi madre, porque entonces estaba paralizado, pero esto me agarró desprevenido, me agarró con la guardia completamente abajo. Lloraba y no podía parar y no me importaba que me viera alguien.
La nena salió y me encontró ahí.
Se quedó blanca. Le temblaba el labio. Apretaba la mochilita del unicornio contra el pecho como si fuera un escudo.
—*No me lleve presa* —susurró—. *Por favor. Yo sé que robé. Pero mi mamá... si le llevo la flor ella dice que se mejora y yo le creo, señor, yo le creo de verdad.*
Me arrodillé para quedar a su altura.
No sé qué cara tenía. Supongo que rara, porque ella me miraba sin entender.
—*¿Cómo te llamás?* —le pregunté.
—*Valentina.*
—*Valentina.* —Respiré hondo—. *Esos girasoles eran de mi mamá también. Y ella ya no está.*
La nena abrió grande los ojos.
—*¿Se murió?*
—*Sí.*
—*¿Y usted le llevaba flores?*
Me quebré otra vez. Solo asentí.
Hubo un silencio de esos que valen más que cualquier palabra. Después Valentina hizo algo que no esperaba: me tomó la mano. Una manito chiquita y sucia de tierra de jardín, agarrando la mía.
—*Capaz que su mamá le mandó a mi mamá las flores desde el cielo* —dijo, muy seria—. *Capaz que se conocen allá arriba y se pusieron de acuerdo.*
Ese día hablé con los médicos. Pagué todo. Trasladé a la mamá de Valentina a mi clínica privada, la mejor del país. Los mejores oncólogos. El mejor tratamiento.
Nueve meses después, ella estaba curada.
Y yo... yo estaba enamorado. De una mujer que luchó por vivir con la misma fuerza con que su hija luchó por salvarla. De una persona que crió a esa criatura increíble sola, enferma, sin rendirse nunca.
Hoy Valentina tiene su propio rincón en el jardín. Planta lo que quiere. Dice que cuando crezcan los girasoles nuevos, los va a repartir entre todos los hospitales del barrio.
Mi madre, estoy seguro, la adoraría.
Para ver las instrucciones completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>). No olvides compartirlo con tus amigos en Facebook.
