Esta mañana salí al patio, solo para regar las flores y ver si los gatos habían tirado la basura, como siempre. Pero apenas abrí la puerta, sentí un olor horrible. Me apretó el pecho y me dejó un sabor metálico en la boca. Di unos pasos y me quedé paralizado. Algo se movía en el suelo, junto al cantero. 🫣 Frente a mí había algo viscoso, de color rojizo, que parecía darse vuelta como si se estuviera volviendo del revés. Olía a carne podrida, como si alguien hubiera escondido un animal muerto cerca. Retrocedí de inmediato —mi corazón latía con fuerza, y los pensamientos más aterradores pasaron por mi cabeza. “¿Qué es eso? ¿Un gusano? ¿Una criatura extraña? ¿Los restos de un extraterrestre?” No podía entenderlo. 😲 Saqué el teléfono, tomé una foto y, conteniendo las náuseas por el olor, empecé a buscar respuestas en internet. Cuando escribí “rojo viscoso con olor a podrido”, el buscador me mostró un resultado tan inquietante como inesperado. Me quedé helado al descubrir lo que realmente era. 😨😱 Continuación en el primer comentario. 👇👇

Aquella mañana no tenía ningún plan especial.

Me levanté a las siete, calenté el café del día anterior porque soy de los que reutilizan el café sin culpa, y salí al patio trasero en pantuflas y con la regadera en la mano. Era uno de esos martes de otoño donde el aire todavía tiene algo de verano pero ya huele a tierra mojada y a hojas próximas a caer. Mi patio no es grande, apenas un rectángulo con canteros a los lados, un limonero que da más trabajo que limones y el rincón donde los gatos del barrio han convertido en territorio propio sin pedirme permiso.

Abrí la puerta y me golpeó el olor.

No fue gradual. Fue inmediato y total, como si alguien hubiera abierto algo que llevaba tiempo cerrado. Un olor denso, orgánico, húmedo, con ese componente metálico que el cerebro reconoce de manera instintiva como señal de alarma. Me cubrí la nariz con el antebrazo y di dos pasos hacia el cantero.

Y entonces lo vi.

Estaba en el suelo, junto a las piedras del borde del cantero, parcialmente cubierto por la hierba. Era una especie de saco blancuzco, gelatinoso, del tamaño aproximado de una pelota de tenis, y de su interior asomaba algo rojo. No era un rojo vivo sino un rojo oscuro, casi coral, húmedo, con una textura que desde la distancia parecía a la vez esponjosa y viscosa. Y se movía. No con el movimiento de un animal sino con el movimiento lento e inevitable de algo que crece, que se expande, que está saliendo de algún lugar hacia afuera.

Retrocedí tres pasos.

Mi cabeza hizo en dos segundos el recorrido completo por todas las explicaciones posibles y ninguna era tranquilizadora. Un animal muerto en proceso de descomposición. Algún tipo de larva enorme. Algo que los gatos habían arrastrado desde quién sabe dónde. Los pensamientos más irracionales también aparecieron, porque el cerebro humano frente a lo desconocido no distingue entre lo probable y lo imposible.

Saqué el teléfono. Tomé tres fotos conteniendo la respiración y me alejé hacia la puerta antes de buscar en internet.

Escribí lo que veía: huevo gelatinoso blanco con interior rojo olor horrible jardín.

El primer resultado me detuvo.

Clathrus archeri. Pulpo del diablo. Hongo.

Lo Que la Naturaleza Esconde en el Jardín

El Clathrus archeri, conocido popularmente como pulpo del diablo, estrella del diablo o calamar del diablo, es uno de los hongos más extraordinarios y perturbadores del reino fungi. No perturbador en el sentido de peligroso, sino en el sentido de que nada en su apariencia sugiere que sea algo que debería existir en el suelo de un jardín suburbano.

Pertenece a la familia Phallaceae, el mismo grupo que incluye otros hongos de formas igualmente sorprendentes, y su origen es Australasia, aunque en las últimas décadas se ha extendido por Europa, América y otras regiones del mundo, probablemente a través del comercio de tierra y plantas ornamentales.

Su ciclo de vida comienza de manera completamente discreta. Durante semanas o meses, crece bajo la superficie del suelo en forma de una estructura micelial invisible, acumulando energía. Luego produce lo que los micólogos llaman el huevo: esa bolsa blanca gelatinosa que es exactamente lo que yo encontré esa mañana. El huevo puede permanecer en el suelo durante días antes de abrirse, y desde afuera es completamente inofensivo, aunque el olor ya comienza a filtrarse levemente.

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