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Arreglaba y regalaba zapatos a los niños hasta que le robaron todo.
Llevo cuarenta años trabajando el cuero con estas manos. Mi pequeña zapatería en la esquina de la calle San Martín ha visto pasar generaciones enteras. Pero lo que más me llena el alma no son las ventas, sino ver la sonrisa de un niño cuando le regalo un par de zapatos.
Todo comenzó hace años, cuando la pequeña María llegó descalza a mi tienda.
—Don Roberto —me dijo con voz tímida—, ¿usted arregla zapatos rotos?
—Por supuesto, niña. ¿Qué tienes ahí?
Me mostró unos zapatitos gastados, con agujeros en la suela y las correas deshechas.
—No tengo dinero, pero mi mamá dice que usted es bueno...
Ese día cambió mi vida. Reparé sus zapatos y cuando vine a cobrar, no pude. Su sonrisa valía más que cualquier peso.
Desde entonces, cada zapato dañado que llegaba a mis manos se convertía en una oportunidad. Los vecinos comenzaron a traerme los zapatos viejos de sus hijos.
—Don Roberto, estos ya no le sirven a Pedrito, pero tal vez usted pueda hacer algo con ellos.
—Doña Carmen, usted sabe que estos zapatos van a encontrar nuevos pies que los necesiten.
Mi taller se llenó de zapatos esperando una segunda vida. Trabajaba hasta altas horas, cambiando suelas, cosiendo, limpiando. Cada sábado, me paraba en la plaza con una caja llena de zapatos reparados.
—¡Zapatos para los niños! —gritaba—. ¡Vengan a buscar su talla!
Las madres se acercaban con sus pequeños, y yo me arrodillaba para probar cada par, asegurándome de que quedaran perfectos.
—A ver, Juancito, camina un poco. ¿Te quedan bien? ¿No te aprietan?
—¡Sí, don Roberto! ¡Me gustan mucho!
—Entonces son tuyos, campeón.
Pero hace tres meses, todo cambió. Una madrugada, unos ladrones entraron a mi zapatería. Se llevaron todo: las máquinas, las herramientas, el cuero, hasta los zapatos que tenía listos para reparar.
Cuando llegué esa mañana y vi los vidrios rotos y el local vacío, sentí que el mundo se me venía encima.
—¿Cómo voy a seguir ayudando a los niños ahora? —le dije a mi esposa, con lágrimas en los ojos.
La noticia se extendió rápidamente por el barrio. Al día siguiente, doña Carmen tocó mi puerta.
—Don Roberto, todos nos reunimos anoche. Queremos ayudarlo.
—No se preocupen, doña Carmen. Ya me las arreglaré de alguna manera.
—No, usted no entiende. Usted nos ha ayudado durante años. Ahora es nuestro turno.
Durante toda la semana, los vecinos llegaron con dinero. Unos traían quinientos pesos, otros cincuenta, algunos solo monedas que habían juntado sus hijos.
—Don Roberto —me dijo el pequeño Mateo—, aquí tengo mi alcancía. Es para que pueda arreglar zapatos otra vez.
—Hijo, este dinero es tuyo...
—No, don Roberto. Usted me regaló mis zapatos favoritos. Ahora yo le regalo esto.
El viernes por la tarde, don Luis, el ferretero, llegó con una sonrisa enorme.
—Roberto, ven conmigo. Tenemos una sorpresa para ti.
Me llevó a mi zapatería, y cuando abrí la puerta, no podía creer lo que veía. Había máquinas nuevas, herramientas brillantes, rollos de cuero, cajas de clavos y pegamento.
—¿Cómo...?
—Entre todos juntamos el dinero —dijo doña Carmen—. La máquina de coser es nueva, mejor que la que tenías. Y mira, también hay hilo de todos los colores.
Me quedé sin palabras. Los ojos se me llenaron de lágrimas mientras todos los vecinos entraban a la tienda.
—No saben lo que esto significa para mí...
—Sí sabemos, don Roberto —dijo don Miguel—. Significa que los niños del barrio seguirán teniendo zapatos nuevos los sábados.
—Y significa que usted puede seguir siendo el zapatero con el corazón más grande de todo el barrio —agregó doña Isabel.
Esa noche, trabajé hasta muy tarde probando las máquinas nuevas. Al día siguiente, tenía listos los primeros pares reparados.
El sábado en la plaza, cuando grité "¡Zapatos para los niños!", la cola era más larga que nunca.
—Don Roberto —me preguntó la pequeña Sofía mientras le probaba unos zapatitos rojos—, ¿es cierto que los vecinos le compraron todo nuevo?
—Así es, princesa. ¿Sabes qué significa eso?
—¿Qué?
—Que este barrio está lleno de gente con corazones tan grandes como estos zapatos —le dije, sonriendo mientras le abrochaba las correas.
Ahora, cada vez que reparo un zapato, pienso en todas las manos que hicieron posible que pudiera seguir haciéndolo. Cada puntada lleva el amor de mis vecinos, y cada zapato que regalo multiplica ese amor.
Porque al final, he aprendido que dar no es solo regalar zapatos a los niños. A veces, dar es permitir que otros también den, que otros también sientan la alegría de ayudar. Y eso, amigos míos, no tiene precio.
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