—¿Qué correo electrónico?
El rostro de Brenda flaqueó. —No recibí ningún correo electrónico.
Sus instintos le gritaban que algo andaba mal. —¿Por qué está en casa de tu madre a las tres de la mañana?
—Lleva allí desde el martes. Mamá la ha estado cuidando. Yo… tenía algunas cosas que resolver. Asuntos del trabajo —explicó, pero sus palabras no reflejaban el pánico que vio en sus ojos.
Eric miró fijamente a su esposa, asimilando la situación. En los doce años que llevaban casados, había aprendido a leer a la gente, a saber cuándo algo andaba mal. Y en ese momento, todo en Brenda gritaba que ocultaba algo.
—¿Dónde está Emma, Brenda? —preguntó de nuevo, con más firmeza esta vez.
—Está en casa de mi madre —repitió, pero le temblaban las manos. No por el sueño. Por algo más profundo.
Sin decir una palabra más, Eric agarró las llaves y salió furioso de la casa. Tenía que ver a Emma, asegurarse de que estuviera bien. Su camioneta arrancó con un rugido mientras aceleraba por la carretera hacia la casa de su suegra, en lo profundo de las montañas.
El viaje fue angustioso. Hacía años que no visitaba la casa de Myrtle Savage. A la madre de Brenda nunca le había caído bien, y el sentimiento era mutuo. La mujer era fría, distante y estaba demasiado absorta en su supuesto «retiro espiritual» como para darse cuenta del daño que causaba.
Cuando llegó a la extensa granja, las luces...
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