—¿Sí? —respondí, intentando mantener la voz firme.
—Hija... —La voz de mamá sonaba más rasposa, más débil de lo que recordaba.
—¿Pasa algo? Estoy en una reunión. —La formalidad en mi tono me sorprendió.
—Estoy... necesito que me ayudes.
Guardé silencio. Esa palabra, “ayuda”, nunca la había escuchado salir de su boca con tanta humildad.
—¿Qué necesitas? —pregunté al fin, con la misma voz profesional que usaba con clientes difíciles.
—Estoy enferma, hija. No tengo dinero para el tratamiento. Y... Luis y Clara no pueden ayudarme. —Su voz se quebró al nombrar a mis hermanos. Los consentidos.
Sentí cómo algo frío se apretaba en mi pecho. Recordé tantas noches en las que me había quedado con hambre, tantas veces que había pedido un plato de comida y se me había negado. Las palabras de rechazo, los ojos que se deslizaban sobre mí como si fuera aire.
—¿Por qué me llamaste a mí? —mi voz salió afilada.
—Porque tú... tú siempre fuiste fuerte. Siempre supiste salir adelante.
Ahogué una risa amarga. No era fuerza, era necesidad. Hambre. Y esa hambre me había empujado a conseguir lo que otros daban por sentado.
—¿Quieres que te ayude? —pregunté, recostándome en mi sillón de cuero, mirando la ciudad desde mi oficina en el piso diecisiete.
—Sí... por favor. No tengo a quién más recurrir.
Un silencio se extendió entre nosotras. Mis dedos tamborilearon sobre la mesa. Ella esperaba, sin saber que estaba hablando con alguien que había dejado de ser su hija hacía mucho tiempo.
—Pásame los detalles del tratamiento. —Al fin hablé, con frialdad.
—¿Entonces... vas a ayudarme? —La esperanza en su voz me golpeó de un modo extraño.
—Voy a pensar en ello. —Colgué antes de que pudiera responder.
Pasé el resto del día con un nudo en el estómago. Las reuniones, los correos, todo transcurría con la eficiencia de siempre, pero algo dentro de mí había cambiado.
Esa noche, me encontré mirando mi despensa, llena de comida que nunca faltaba. Cociné un plato elaborado, caro, pero no pude probarlo. Lo dejé sobre la mesa hasta que se enfrió y terminé arrojándolo a la basura.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo de mi pasado seguía aferrado a mi piel, imposible de borrar.
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