Nunca me llamaban para comer. Desde mi rincón, veía a mis hermanos devorar platos humeantes. La mesa de madera rechinaba con cada codazo y risotada.
—¿Hay más arroz? —preguntó Luis, empujando su plato vacío hacia mamá.
—Sí, toma otro poco —dijo ella mientras servía una montaña generosa sobre su plato.
Nadie me miraba. Nadie preguntaba si tenía hambre.
—¿Y yo? —mi voz apenas era un murmullo.
—Tú ya comiste —respondió mamá sin voltear.
No insistí. Nunca insistía. Me quedaba allí, escuchando el tintineo de los cubiertos, aspirando el olor de la comida que yo no podía probar.
—Dame más pollo —exigió Clara, chupándose los dedos.
Los platos se vaciaban y yo solo podía observar. Si alguna vez lograba alcanzar un trozo de pan frío o restos olvidados, era porque se habían olvidado de que yo existía.
—Terminen rápido, que hay que recoger —dijo mamá con prisa.
Me arrastré hasta la puerta cuando los platos se amontonaron en la pila. No quería que me vieran llorar.
Me acostumbré a esconderme detrás de la puerta de la cocina. Desde allí, podía ver la mesa y a todos hablando con la boca llena. A veces, mamá se reía con ganas, casi siempre por algo que decía Luis.
—Mamá, mañana podemos hacer empanadas —decía él, relamiéndose.
—Si consigo suficiente carne, tal vez —respondía ella, sonriendo.
El olor de la comida era un tormento. Cerraba los ojos e imaginaba el arroz caliente deshaciéndose en mi boca, el pollo dorado, la salsa espesa que goteaba de los cubiertos. Pero siempre era imaginación.
—¿Viste a la niña? —preguntó Clara una tarde, la voz empapada de curiosidad.
—Debe andar jugando por ahí —dijo mamá con desinterés, mientras apilaba platos con un golpe seco.
Jugando. Como si pudiera. Mi estómago rugía tan fuerte que me sorprendía que no lo escucharan. Me acurrucaba, abrazándome las piernas para aplacar el hambre.
Un día me armé de valor y entré cuando todos seguían comiendo.
—Mamá, ¿puedo comer?
Luis soltó una carcajada.
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