Un mes de vida
Nunca imaginé que la muerte tuviera fecha. Pensé que era algo que simplemente llegaba, sin aviso, como una visita ingrata. Pero a mí me dieron una cita exacta. Un mes. Treinta días. Setecientas veinte horas, más o menos. Lo peor no fue el diagnóstico. Lo peor fue reencontrarme con él justo después.
Estaba en la fila del supermercado cuando lo vi. Tenía la misma sonrisa torcida de cuando teníamos diecisiete, pero con algunas arrugas nuevas. Iba con una bufanda ridícula y una bolsa de pan integral.
—¿Clara?
Tragué saliva. La voz. Era su voz. No podía ser.
—¿Lucas?
Asintió, y su sonrisa fue tan instantánea que me dolió el pecho —literalmente. Por un segundo, olvidé el calendario en mi cabeza, el que marcaba en rojo el día que dejaría de existir.
—No puedo creerlo —dijo él—. ¿Cuánto ha pasado?
—Quince años —contesté. Quince exactos. Lo sabía porque hacía quince años que no amaba a nadie como a él.
Nos fuimos a tomar un café, como si el tiempo no hubiera pasado, como si yo no tuviera el corazón roto por dentro, latiendo a marchas forzadas.
—¿Qué hiciste con tu vida? —preguntó, apoyando el mentón en la mano, observándome como si no pudiera creer que estaba ahí.
Mentí. Le hablé de mi trabajo, de una vida tranquila. No le dije cuántas veces me senté en emergencias sin saber si saldría. No le hablé de los desfibriladores ni de las madrugadas en las que me despertaba con la sensación de que el corazón se me salía del pecho.
Él también habló de su vida. Un divorcio, una hija de ocho años, muchas decisiones equivocadas. Pero sus ojos brillaban como antes. Como cuando me miraba después de robarme un beso detrás de la cancha del colegio.
Nos vimos cada día después de ese café. Era como si el destino se burlara de mí: me regalaba lo que más quise justo cuando no podía conservarlo.
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