A medida que su corazón late más lento, miran hacia donde creen que estás.
Esperan una sonrisa, una caricia, una palabra que les diga que todo está bien.
Porque su vida entera tuvo un solo propósito: asegurarse de que tú estuvieras bien.
Y cuando su pata tiembla y su respiración se vuelve más ligera, eso no es dolor…
es liberación.
Su cerebro se llena de oxitocina, la misma sensación que tenían cada vez que llegabas a casa.
Por eso, si alguna vez llega ese momento… no te vayas.
Quédate.
Acaricia su cabeza, toma su patita, y dile lo mucho que lo amas.
Hazle saber que fue un buen chico.
El mejor de todos.
Porque cuando cierre los ojos, no estará diciendo adiós…
estará diciendo:
“Gracias por amarme. Me diste la mejor vida.”
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