Desperté de la cirugía y encontré a mi hijo de cuatro años abandonado en un banco del hospital, llorando desconsoladamente sobre mi abrigo. Cuando llamé a mi madre, no se alarmó. Se rió y dijo: «Tu hermana nos necesitaba más». Esa noche, con los puntos aún doloridos, cambié todas las cerraduras de mi casa. Pero la verdadera pesadilla comenzó a la mañana siguiente, cuando regresó con su vieja llave, segura de que aún abriría mi puerta.

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