Cuando mi esposo me echó de casa, no hubo gritos. Solo el sonido seco de la maleta cayendo al suelo y la puerta cerrándose detrás de mí.
—Te merecés algo mejor —me dijo, con esa expresión tibia que usan los cobardes.
La “mejor” estaba sentada en el sillón con las piernas cruzadas y un perfume que olía a culpa bien envuelta. La amante.
—No es nada personal —me dijo, y me extendió una máquina de coser como si me estuviera dando una limosna con moño.
Me la quedé mirando. No por la máquina, sino por el descaro.
—¿También me vas a dar las sábanas o te las quedás de souvenir?
No dije más. Agarré la máquina. Me dolía el cuerpo, el orgullo y el alma, pero la máquina no. Ella pesaba, sí, pero no dolía. Esa misma noche dormí en la pensión más barata que encontré. El cuarto tenía olor a encierro y las paredes hablaban más que yo.
Y al día siguiente, me senté en la vereda, puse un cartel de cartón: "Arreglo ropa. Precios con alma", y empecé a coser. Porque cuando te quedás sin nada, el hilo se vuelve salvavidas.
La gente pasaba y no me miraba. Hasta que una señora se acercó, me dio un pantalón viejo de su esposo fallecido.
—¿Puede arreglármelo?
—Claro —le dije—. Las cosas con historia se merecen una segunda oportunidad.
Y ahí estaba yo: recomponiendo telas ajenas mientras aún no sabía cómo zurcirme el corazón.
Pero lo que nadie sabía —lo que yo misma trataba de olvidar— es que no era tan inocente como parecía. No del todo.
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