🔹 De niña que se inyectaba sola para sobrevivir… a jueza de la Corte Suprema: la increíble historia de Sonia Sotomayor

  • La mañana en que sus padres se gritaban, Sonia tomó una decisión.

Tenía siete años. El Bronx, principios de los años sesenta. Semanas antes, los médicos le habían dicho a su familia que tenía diabetes tipo 1 y les habían advertido, en voz baja, que su futuro quizá sería breve.

Las manos de su padre temblaban demasiado para sostener una aguja. El alcoholismo le había quitado la firmeza. Su madre trabajaba turnos dobles como enfermera: salía antes del amanecer y volvía después de anochecer. Aquella mañana, estaban en la cocina discutiendo sobre quién era responsable de ponerle a su hija la inyección de insulina que la mantenía con vida.

Sonia pasó junto a los dos.

Arrastró una silla sobre el suelo de linóleo hasta la cocina y se subió.

Su madre se quedó en silencio a mitad de la frase.

La niña de siete años llenó una olla con agua. Encendió el fuego. Metió la jeringa de vidrio para esterilizarla, porque las agujas desechables todavía no existían y las de vidrio había que hervirlas antes de cada uso.

“Lo haré yo sola”, dijo.

Y lo hizo. Todas las mañanas a partir de entonces.

Las agujas eran enormes comparadas con las de hoy. Controlarse el azúcar en sangre implicaba pincharse el dedo con métodos mucho más agresivos que los actuales. La primera vez que un técnico de laboratorio se acercó a ella con una aguja en el hospital, Sonia salió corriendo por la puerta principal y se escondió debajo de un coche aparcado. Tuvieron que sacarla de allí.

Pero cada mañana, ella hervía el agua, cargaba la insulina, buscaba un lugar en la pierna que no estuviera ya amoratado y empujaba el émbolo.

Luego agarraba la mochila y salía corriendo para alcanzar el autobús.

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